
"No estaría de más declarar un día de fiesta nacional durante el cual la gente pudiera visitar sus difuntas convicciones"<>
Arthur Miller en Presencia.
El 11 de noviembre es el aniversario de la caída del muro de Berlín. Y en este diario, donde alterno frivolidad, turismo e ideología, toca hablar del estalinismo.
He decidido conmemorar la caída y no la revolución de octubre porque he de reconocer que estoy abochornado. Las cosas que estoy leyendo sobre Stalin me hacen sentirme incomodo. Es verdad que yo entré a militar en la cosa de la izquierda cuando se decía aquello de “dictadura ni la del proletariado”, es verdad que delante teníamos al franquismo, es verdad que patatín y patatán. Porque también es cierto que no leí a Alexander Solzhenitsyn porque pensé, o me dijeron y me creí, que era un reaccionario. Una actitud que no habría tenido con ninguna victima del nazismo la tenía con un superviviente del estalinismo. ¿Por qué esa asimetría?
Lo pregunta Martin Amis en “Koba. el temible”: ¿Por qué no existe sino indignación y estremecimiento ante lo que significan Dachau, Buchenwald o Auschwitz y, sin embargo, palabras como Slovki, Vorkutá o Kolymá no nos dicen absolutamente nada? ¿Por qué “todo el mundo ha oído hablar de Himmler y Eichmann” y “nadie sabe nada de Yeyov ni de Dzeryinski”? “¿Por qué todo el mundo ha oído hablar de los seis millones del Holocausto y nadie sabe nada de los seis millones del Terror del Hambre?”
He decidido conmemorar la caída y no la revolución de octubre porque he de reconocer que estoy abochornado. Las cosas que estoy leyendo sobre Stalin me hacen sentirme incomodo. Es verdad que yo entré a militar en la cosa de la izquierda cuando se decía aquello de “dictadura ni la del proletariado”, es verdad que delante teníamos al franquismo, es verdad que patatín y patatán. Porque también es cierto que no leí a Alexander Solzhenitsyn porque pensé, o me dijeron y me creí, que era un reaccionario. Una actitud que no habría tenido con ninguna victima del nazismo la tenía con un superviviente del estalinismo. ¿Por qué esa asimetría?
Lo pregunta Martin Amis en “Koba. el temible”: ¿Por qué no existe sino indignación y estremecimiento ante lo que significan Dachau, Buchenwald o Auschwitz y, sin embargo, palabras como Slovki, Vorkutá o Kolymá no nos dicen absolutamente nada? ¿Por qué “todo el mundo ha oído hablar de Himmler y Eichmann” y “nadie sabe nada de Yeyov ni de Dzeryinski”? “¿Por qué todo el mundo ha oído hablar de los seis millones del Holocausto y nadie sabe nada de los seis millones del Terror del Hambre?”

Claro que yo no he sido estalinista, no tenía edad ni poder, pero tampoco fui antiestalinista, al menos, no de la misma manera que fui antifascista. Y no me vale lo del trotskismo, otro igual que despreciaba el valor de la vida humana en nombre de la sagrada causa. ¿Por qué si amábamos la libertad y la vida no vimos que había que cambiarle el nombre a nuestros ideales e inventar partidos plurales y democráticos?
¿Fue por lo que todavía desconocíamos entonces y hoy es una gran evidencia? ¿O fue porque lo justificábamos de alguna manera creyendo que estaban “construyendo algo positivo con métodos equivocados”, que es un rollo parecido al que todavía oímos sobre el castrismo? ¿O era, que sí, que estos eran unos hijos de puta pero eran “nuestros hijos de puta”?
Yo no había leído a Solzhenitsyn pero sí a Orwell en “1984”, y sabía del “gran hermano”, podía reconocerlo, debía reconocerlo. Cuando a Conquest que escribió “El Gran Terror” en 1968 le pidieron que sugiriese un título para la reedición del libro, unos años después de la caida del muro, preguntó a su editor: “¿Qué te parece: Ya os lo dije, tontos del culo?”.

Así que aquí estoy, entre los restos del “socialismo realmente existente”, entre las ruinas del paraíso socialista, pensando que para esto podían haberse ahorrado setenta años de sufrimientos y terror.
Para mi la peor consecuencia del fracaso de la “Dictadura del Proletariado” no se nota solamente aquí sino en el resto del mundo: la perdida de las esperanzas de transformación social de tanta gente que creímos en la igualdad y la solidaridad y vimos cómo la liberación se transformaba en opresión y la sociedad sin clases en un estado dominado por una casta tan cruel como el nazismo.
Castells, en el volumen tercero (Fin de Milenio) de “La Era de la Información”, decía: “la ironía histórica más dañina fue la mofa que el Estado comunista hizo de los valores de la solidaridad humana en que fueron educadas tres generaciones de ciudadanos soviéticos. La mayoría de las personas creían sinceramente que debían compartir las dificultades y ayudarse mutuamente para construir una sociedad mejor. Poco a poco fueron descubriendo que una casta de burócratas cínicos había abusado de ellos de forma sistemática. Una vez que se reveló la verdad, los daños morales inflingidos al pueblo de la Unión Soviética es probable que perduren por largo tiempo: se perdió el sentido de la vida, se degradaron los valores humanos, base de los esfuerzos cotidianos, el cinismo y la violencia han impregnado toda la sociedad, después que las esperanzas inspiradas por la democracia, en el periodo posterior al derrumbamiento soviético, se desvanecieron rápidamente. Los fracasos sucesivos del experimento soviético, de la perestroika y de la política democrática de los años 90 han llevado la ruina y la deseperación a las republicas sovieticas.”
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