
SIGO PERRO. Bordeando, sin motivo alguno, puedo jurarlo, el estado depresivo. Será por el 2-6? será porque sigo sin ligar con ucranianas? o porque llevo fatal lo de la diplomacia y me aburre la burocracia?
Así que recurro a un texto de Muñoz Molina que pensaba colocar en alguna de mis crónicas de Kiev.
Y aunque pudiese ser verdad que "al viajar uno puede convertirse en otro", yo aquí no puedo escaparme de mi sombra y sigo siendo el mismo Peter Pan pringado. Espero, al menos, regresar habiendo aprendido algo.
"A veces, en el curso de un viaje, se escuchan y se cuentan historias de viajes. Parece que al partir el recuerdo de viajes anteriores se vuelve más vivo, y también que uno escucha y agradece más las historias que le cuentan, paréntesis de valiosas palabras en el interior del otro paréntesis temporal del viaje. Quien viaja puede permanecer en un silencio que será misterioso para los desconocidos que se fijen en él o ceder sin peligro a la tentación de conversar y de volverse embustero, de mejorar un episodio de su vida al contárselo a alguien a quien no verá nunca más. No creo que sea verdad eso que dicen, que al viajar uno puede convertirse en otro: lo que sucede es que uno se aligera de sí mismo, de sus obligaciones y de su pasado, igual que reduce todo lo que posee a las pocas cosas necesarias para su equipaje. La parte más onerosa de nuestra identidad se sostiene sobre lo que los demás saben o piensan de nosotros. Nos miran y sabemos que saben, y en silencio nos fuerzan a ser lo que esperan que seamos, a actuar en cumplimiento de ciertos hábitos que nuestros actos anteriores han establecido, o de sospechas que nosotros no tenemos conciencia de haber despertado. Nos miran y no sabemos a quién pueden estar viendo en nosotros, qué inventan o deciden que somos. Para quien se encuentra contigo en el tren de un país extranjero no es más que un desconocido que sólo existe circunscrito al presente. Una mujer y un hombre se miran con una punzada de intriga y deseo al acomodarse el uno frente al otro en un tren: en ese momento están tan despojados de ayer y de mañana y de nombre como Adán y Eva al mirarse por primera vez en el Edén. Un hombre flaco y serio, de pelo corto y muy negro, de ojos grandes y oscuros, sube al tren en la estación de Praga y tal vez procura no cruzar su mirada con la de los otros pasajeros que van entrando en el mismo vagón, algunos de los cuales lo examina con recelo y decide que debe de ser judío. Tiene las manos largas y pálidas, lee un libro o se queda ausente mirando por la ventanilla, de vez en cuando sufre un golpe de tos seca y se cubre la boca con un pañuelo blanco que desliza luego casi furtivamente en un bolsillo. Cuando el tren se acerca a la frontera recién inventada entre Checoslovaquia y Austria el hombre guarda el libro y busca con cierto nerviosismo sus documentos y al llegar a la estación de Gmund se asoma enseguida al andén, como esperando ver a alguien en la solitaria oscuridad de esa hora de la noche.
Nadie sabe quién es. Si viajas sólo en un tren o caminas por una calle de una ciudad en la que nadie se conoce no eres nadie: nadie puede averiguar tu angustia, ni el motivo de tu nerviosismo mientras aguardas en el café de la estación, aunque tal vez sí el nombre de tu enfermedad, cuando observan tu palidez y escuchan el ruido de sus bronquios, cuando advierte el disimulo con que vuelves a guardar el pañuelo con el que te has tapado la boca. Pero al viajar siento que no peso, que me vuelvo invisible, que no soy nadie y puedo ser cualquiera, y esa ligereza de espíritu se trasluce en los movimientos de mi cuerpo, y voy más rápido, más desenvuelto, sin la pesadumbre de todo lo que soy, con los ojos abiertos a las incitaciones de una ciudad o de un paisaje, de una lengua que disfrutó comprendiendo y hablando, ahora más hermosa porque no es la mía. Habla Montaigne de un presuntuoso que ha vuelto de un viaje sin aprender nada: cómo iba a aprender, dice, si se llevó entero consigo."Antonio Muñoz Molina, en Sefarad.

En lo de la estética hay algo de exageración pero a mi profe le gustaba enseñarme sus uñas o los piercing de su ombligo de la misma forma ingenua que se lo enseñaría a su abuelo. De hecho cuando no recordaba algo o no conseguía pronunciar algo me consolaba igual: “No te preocupes: eres viejo y es normal que no te acuerdes.”
Otras veces la he cagado. Ante unos carteles que se veían en el metro con dos barquitos en la playa o dos loritos dándose el piquito deduje que anunciaban una agencia matrimonial cuando lo que realmente decían era “Disponible para publicidad”.

Hay alguno que lleva ácido ascórbico. La idea de añadir vitaminas a las bebidas alcohólicas surgió después de la II Guerra Mundial, pero solo se ha puesto en marcha recientemente cuando además han aparecido marcas nuevas de presentación moderna y original, incluyendo el vodka Pútinka (por el apellido del presidente ruso). El no va más deben ser algunos como el Sibirskaya, 45º, Yubileinaya, 45º, Krepkaya, 56º, o Ojotnichaya, 56º, que tienen una concentración del alcohol superior a los 40 grados estándar.
Así cuenta que conversando con un nacionalista, que “estaba convencido de que su nación contaba por lo menos con diez mil años de existencia, que los ucranianos tenían un vínculo inmediato con las fuerzas cósmicas del bien y que, según la forma del cráneo y de las súperciliares, estaban próximos al 'modelo de ario', a consecuencia de lo cual existía un complot mundial contra ellos, los ejecutores directos del cual eran sus vecinos geográficos más próximos y algunos 'factores étnicos internos compuestos'” nuestro austriaco se ve obligado a interrumpirle “con unas cuantas preguntas embarazosas, a las cuales sólo respondía con una mirada atónita. Le pregunté, digamos, esto: "bueno, si de verdad tenéis una cultura tan antigua y potente, ¿por qué apestan tanto vuestros servicios públicos? ¿Por qué la mayoría de estos lugares parecen basureros putrefactos? ¿Por qué los cascos antiguos de vuestras ciudades se arruinan junto con barrios enteros, por qué se derrumban los balcones, por que no hay luz en los portones y hay tantos cristales rotos bajo vuestros pies? ¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Los rusos? ¿Los polacos? ¿Otros factores ‘étnicos internos correlativos’? Vale, no os apañáis con las ciudades, pero ¿y con la naturaleza? ¿Por que vuestros campesinos, estos, como decís vosotros, portadores de una tradición civilizada de diez mil años, arrojan obstinadamente toda su mierda directamente a los ríos, y por qué viajando por vuestras montañas uno encuentra más metal abandonado que hierbas medicinales?”
Pero no es la única manera de describir la ciudad ni sus habitantes. No es la única verdad. Así, en otra carta escrita un poco después por el mismo austriaco encontramos un tono totalmente diferente y, seguramente, a pesar de que no puedo leerlo sin sonreírme irónicamente, también cierto: "¿Quién me ha dado derecho a aleccionarles, a advertirles sobre los baches y los dientes de oro? Viven como quieren porque están en su casa, y yo no tengo la razón sólo por el hecho de que soy un viajero. Y lo más importante, lo que no se les puede negar es la cálida acogida con vodka. A grandes rasgos son infinitamente más humanos que nosotros. Y cuando digo más humanos, me refiero a su capacidad de abrirse de repente, de ver un ser íntimo incluso en una persona desconocida. Así, una distancia de 400 o 500 kilómetros que nuestros intercity-express superan en apenas cuatro horas, los trenes de aquí la saben alargar hasta unas trece. Sin embargo, en los compartimentos de sus vagones, deliberadamente incómodos y estrechos, la gente saca comida y bebida, se presenta, comparte cada trozo de pan, se cuenta las cosas más trascendentales, a veces incluso las más íntimas. De todas maneras, la vida es muy corta: ¿por qué apresurarse? Los instantes de conmoción emocional más profunda, cuando inesperadamente tocas la abierta y cálida verdad del vodka, son mucho más importantes que las prisas oficiales y la cortesía reservada y falsa, bajo las cuales sólo existe el vacío y la mutua indiferencia. Me gusta que a veces parezcan una familia gigantesca infinitamente ramificada. Cuando os ofrecen su comida y su vodka y os negáis, se vuelven obstinados, incluso insoportables e intolerantes. Y no creo que sea porque la comida y el vodka sean mucho más baratos aquí que nuestros países, sino porque realmente son gente más sincera y de alma más generosa. Así negarles su agasajo es como privarles del derecho de mutua comprensión. ¡Como difiere todo esto de la atmósfera bien ventilada, esterilizada y cuidada, con una calefacción irreprochable, pero al mismo tiempo privada del verdadero calor humano de nuestros rápidos intercity, con su desfile superficial de sonrisas y el silencio artificial que de vez en cuando interrumpen el clic de los mecheros o en frufrú del papel de aluminio!”
Al volver me encontré con mi nueva vida, ya casi rutinaria:
Tanta tele arruina mis lecturas. Acantilado, que bella editorial, está traduciendo a un escritor ucraniano, Andrujovich, que aunque no me acaba de convencer leo con fruición porque como dice Amos Oz:

Me temo que esta explicación es demasiado benigna y soslaya el papel de la represión y que la despolitización es también el producto del miedo y la dictadura: pensemos en la España franquista. Y, además, embellece la URSS como ámbito de convivencia multirracial. Ya entonces, los predecesores de la KGB establecieron un rígido sistema de pasaportes que dividía a la población en grupos con diferentes derechos y privilegios. En el pasaporte figuraba la filiación del ciudadano, la etnia a la que pertenecía, las inscripciones del registro civil y, desde 1932, el permiso de residencia, que restringía la libre elección del lugar de residencia y de trabajo. Lo cuenta muy bien Grossman en uno de los primeros capítulos de su gigantesca “Vida y Destino” cuando describe los kafkianos problemas de una joven que trabaja para un organismo “paragubernamental” para obtener el permiso de residencia.
Aunque no tienen mucha visibilidad y son difíciles de encontrar porque no sabemos leer las inscripciones en ucraniano, hay varios museos. En la calle paralela a Joriva, siempre a la izquierda, está el Museo de los Hetmanes. Hetman es una palabra de origen alemán que debe querer significar hombre principal o jefe. En español me parece que se dice Ataman. Son los caudillos cosacos que, para mi sorpresa, eran elegidos y, en su caso, destituidos democráticamente por toda la colectividad. El retrato de algunos de los jefes está en los billetes de 5 y 10 hryvnias. En éste como en otros museos no encontrareis carteles ni explicaciones en inglés pero siempre habrá una mujer dispuesta que te acompañará y explicará todo con su mejor voluntad, aunque en ucraniano. En el jardín hay estatuas como de hadas o algo así.

Cuando el lunes conté lo estúpido que fui al Cónsul, este me explico que con él también lo intentaron pero sin éxito. Y que, tras negarse a sacar la billetera, apareció un tercer compinche con una insignia como de poli (aunque si hubiera sido de socio del Dínamo, ¿quien se habría dado cuenta?) y le pidió que le enseñase la cartera. Mi cónsul volvió a negarse mostrando a su vez su tarjeta de diplomático con inmunidad. Reconozco que si yo me hubiese librado en el primer intento habría caído en el segundo a pesar de disfrutar de la misma tarjeta.
¿Existe diferencia entre nazismo y estalinismo? Primo Levi creía que sí y la explicaba en “Si esto es un hombre”: “La diferencia principal consiste en la finalidad. Los lager alemanes constituyen algo único en la no obstante sangrienta historia de la humanidad; al viejo fin de eliminar o aterrorizar al adversario político, unían un fin moderno y monstruoso, el de borrar del mundo pueblos y culturas enteros. Los campos soviéticos no eran, desde luego, sitios en los que la estancia sea agradable, pero no se buscaba expresamente en ellos, ni siquiera en los más oscuros años del estalinismo, la muerte de los prisioneros; ésta era un subproducto debido al hambre, al frío, las infecciones, el cansancio. En los lager alemanes se entraba para no salir: ningún otro fin estaba previsto más que la muerte. En cambio, en los campos soviéticos siempre existió un término: en la época de Stalin los “culpables” eran condenados a veces a penas larguísimas (incluso a quince o veinte años) con espantosa liviandaz, pero subsistía una esperanza de libertad, por leve que fuera.”
¿Me pongo lúgubre, solemne, doctrinario? Lo siento. Es que cuesta ajustar cuentas con el pasado de uno. (Y ahora que me pagan como un rico, lamento no haber militado en el PP. Con lo bien que empecé estudiando en los agustinos).